La controversia en torno al "escándalo Libra" —vinculado a posible hecho de estafa, negociaciones incompatibles con su cargo y asociación ilÃcita en el ejercicio de la función pública de Javier Milei— ha reabierto una herida que la sociedad argentina conoce bien, pero que ya no está dispuesta a tolerar. En un paÃs donde la corrupción ha sido el ancla del subdesarrollo, la transparencia no puede ser un eslogan de campaña, sino un ejercicio diario de humildad y rendición de cuentas.
Existe una máxima clásica que hoy cobra más vigencia que nunca: en la función pública no solo hay que ser honesto, sino también parecerlo. La legitimidad de un gobierno no solo reside en los votos obtenidos, sino en la construcción constante de confianza. Cuando un funcionario se mueve en zonas grises o permite que intereses privados rocen la gestión pública, la sospecha es inevitable. La ética pública es una vidriera donde cualquier empañamiento, por mÃnimo que sea, distorsiona la visión que el ciudadano tiene de sus representantes.
En la gestión de un Estado, el error humano es una posibilidad estadÃstica. La ciudadanÃa puede ser empática ante una equivocación técnica o una decisión administrativa fallida si existe el coraje de admitirla. Lo que resulta absolutamente intolerable es la mentira. El encubrimiento y la narrativa distorsionada no solo protegen al posible corrupto, sino que degradan la palabra presidencial y la institucionalidad misma.
En Argentina, la corrupción no es un tema menor ni una "chicana" polÃtica. Es una tragedia estructural que ha vaciado hospitales y escuelas. Por eso, ni la corrupción ni su sospecha pueden ser minimizadas. Un gobierno que llegó prometiendo barrer con los privilegios de la "casta" no puede permitirse el lujo de mirar hacia otro lado cuando las sombras alcanzan a su propio cÃrculo. La vara debe ser más alta, no más flexible.
Frente a las denuncias y cuestionamientos, la respuesta recurrente de Javier Milei ha sido el enojo, a veces brutalmente desmedido y desbocado. Sin embargo, no hay que enojarse con la realidad, sino dar explicaciones. La confrontación con el periodismo o la justicia no disipa las dudas, las alimenta. El deber de un mandatario es responder con datos, con expedientes abiertos y con la disposición de someterse al control judicial, entendiendo que el escrutinio no es un ataque personal, sino un mecanismo de salud democrática.
Finalmente, es necesario desterrar el argumento del mal menor. Escudarse en que "los otros eran más corruptos" es una falacia moral que la Argentina debe superar. No es válido comparar grados de podredumbre. El ciudadano no votó por una corrupción "más prolija" o menos voraz; votó por la transparencia absoluta. El deseo social es claro: no queremos corruptos, punto. Sin importar el color polÃtico ni la ideologÃa que profesen
El escándalo Libra es una prueba de fuego para el relato de la transparencia oficialista. Si el gobierno desea realmente diferenciarse del pasado, debe entender que la transparencia no es un obstáculo para la gestión, sino su único cimiento posible. La libertad, sin integridad, es solo una palabra vacÃa.
