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[Por Matías Cerdá]
El reciente recrudecimiento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán no debe leerse como un hecho aislado de la geopolítica de Oriente Medio y de los intereses económicos de los EEUU en la región, sino como un síntoma de un fenómeno mucho más vasto y profundo. Nos encontramos en lo que podríamos denominar una "Guerra dinámica", un escenario de confrontación global donde los polos opuestos ya no son Washington y Moscú, sino Estados Unidos y China.
Esta es la re-edición de la Guerra Fría para el siglo XXI, pero con una diferencia fundamental: el eje ya no es ideológico. El debate sobre si el capitalismo es el sistema más eficiente ha quedado saldado, lo es. Hoy, ambos contendientes, juegan bajo las mismas reglas de mercado, aunque con manuales de estilo radicalmente distintos.
Son dos formatos de dominación capitalista, donde la estrategia de expansión y control varía según el polo. China apuesta a la invasión productiva buscando dominar mercados a través de la saturación de productos económicos y el despliegue de infraestructura territorial. Estados Unidos utiliza los condicionamientos monetarios y el control del sistema financiero global como su principal herramienta de influencia y control.
Desde una perspectiva realista, debemos abandonar la dicotomía simplista de "el bueno contra el malo". En la lucha por la hegemonía, ambos actúan en función de sus propios intereses de poder.
Si bien Argentina mantiene una alineación histórica con Occidente, la diferencia radica en la “comodidad” del vínculo: mientras que con EE. UU. compartimos una raíz cultural, la relación con China presenta una asimetría cultural y política que nos resulta, por definición, mucho más incómoda.
La Argentina debe entender que, en este ajedrez internacional, los lugares de Rey y Reina ya están ocupados, por más que nuestra identidad nacional nos empuje a rugir como leones y enarbolar banderas caducas, en la práctica diplomática debemos aprender a movernos como alfiles: con agudeza, en diagonal, aprovechando los espacios y con una visión táctica clara.
Nuestra alineación con Occidente es lógica, pero no debe ser incondicional. La lealtad ciega en las relaciones internacionales suele pagarse con irrelevancia. Una "Guerra dinámica" impone y exige una Cancillería dinámica: un cuerpo diplomático ágil, profesional y preparado para desafíos que se renuevan diariamente junto con una conducción estratégica bien definida.
Para no ser simplemente un peón en este juego, la Argentina debe asumir su propia ficha, el Alfil, y moverse con dinamismo estratégico, para que el interés nacional sea lo más beneficioso posible. Esto requiere un acuerdo urgente entre oficialismo y oposición para definir una política de Estado de largo plazo, blindada de los vaivenes electorales, centrada en, al menos, cinco pilares:
Aranceles: implementar una política inteligente que proteja lo estratégico sin aislarnos.
Reducción de impuestos a la producción: para fomentar una competitividad que no devore la industria por la oferta externa descaradamente.
Protección del empleo: para defender el capital humano local frente a la inevitable avanzada tecnológica y productiva.
Facilidades de inversión: Reglas claras para atraer capitales que no sean meramente especulativos.
Transparencia de la deuda externa: Un manejo responsable y acomodado a las capacidades reales del país para recuperar autonomía.
En este nuevo orden, la soberanía no se grita, se gestiona con inteligencia. El conflicto entre EE. UU. e Irán es solo un movimiento más en un tablero donde Argentina debe aprender a jugar su propia partida si no quiere terminar siendo sacrificada en el intercambio de piezas, cayendo en la irrelevancia absoluta.
Acordar entre oficialismo y oposición parece, sin dudas, el mayor obstáculo para el desarrollo de un país que necesita crecer, crecer y crecer.