Durante décadas, el progresismo intelectual y polÃtico ha intentado vendernos una narrativa romántica de la marginalidad. Nos han pedido que miremos la villa no como una falla del sistema, sino como un reservorio de "valores auténticos" y una "cultura" que debemos celebrar. Ya es hora de decir basta: la villa no es un paraÃso, es una trampa de degradación, y seguir romantizándola es una forma de crueldad hacia quienes están atrapados en ella.
Debemos dejar de ser polÃticamente correctos: lo que llaman "cultura villera" no es una cultura, es la estética de la carencia, el desorden y el delito. Llamar "cultura" a un conjunto de hábitos nacidos de la desesperación y la falta de horizontes es una claudicación ética. Al otorgarle ese estatus, estamos condenando a esos ciudadanos a permanecer en un gueto simbólico del que nunca podrán salir.
No podemos tolerar más la visión de la villa como un espacio de resistencia idÃlica. Seamos claros: estos entornos se han convertido en incubadoras de modelos que promueven la delincuencia. Cuando el Estado se retira y la ley desaparece, el vacÃo lo llenan el "transa", el lÃder de la banda y el culto a la violencia. Esta subcultura del "aguante" y el desprecio por la propiedad y la vida ajena está destruyendo el tejido social hace décadas. La delincuencia no es una "elección de vida" pintoresca; es una tragedia que se alimenta de la falta de orden y autoridad.
Dentro de esa tragedia lo más doloroso es la infancia. Miles de niños son abandonados a su suerte, creciendo entre escombros y desidia, bajo la tutela de pseudopadres que no los cuidan ni los proyectan hacia un futuro. El Estado no puede seguir siendo un espectador pasivo mientras estos menores son criados en la ley de la selva.
Alejar a los niños del entorno tóxico cuando sus progenitores demuestren una incapacidad manifiesta para ejercer la responsabilidad parental es un deber moral, por lo cual priorizar el derecho del menor a una educación y seguridad debe estar por encima de los supuestos derechos de padres que los usan como escudos o herramientas.
Es imperativo romper el último tabú y debatir con seriedad sobre la libertad de concebir. No podemos seguir ignorando la irresponsabilidad de quienes traen hijos al mundo como si fueran objetos, sin la menor capacidad —ni intención— de brindarles una vida digna.
"La libertad no es el derecho a condenar a un nuevo ser humano a la miseria absoluta por el solo hecho de ejercer una biologÃa irresponsable."
La reproducción sin conciencia, financiada a menudo por un asistencialismo ciego, solo perpetúa el ciclo de la pobreza. Un hijo no es un objeto de reclamo, ni una moneda de cambio para subsidios, es una responsabilidad que la sociedad debe exigir con firmeza.
Si realmente queremos integrar a la sociedad, debemos dejar de aplaudir la marginalidad. La integración real empieza por el orden, la exigencia y la desmitificación de un estilo de vida que solo genera dolor y atraso. Es momento de rescatar a las personas de la villa, no de rescatar la villa como si fuera un patrimonio cultural que preservar.
