La historia de la civilización humana ha sido, hasta hace muy poco, el relato de un esfuerzo constante por trascender nuestra naturaleza instintiva a través de la razón, la cultura y la ética. Sin embargo, el siglo XXI nos sitúa ante un espejo roto. Lo que hoy denominamos "fenómeno therian" (individuos, mayoritariamente jóvenes, que afirman poseer una identidad no humana y se autoperciben como animales), lamentablemente no es una simple excentricidad de época. Es el sÃntoma de una sociedad mundial en crisis profunda, una deriva que transforma lo que en un "mundo normal" serÃa motivo de gracia o anécdota, en una realidad institucionalizada y preocupante.
Si desde hace una década el gran dilema de los padres era limitar el tiempo frente a los contenidos vacÃos de los youtubers, hoy el escenario ha mutado hacia algo mucho más complejo y perturbador. Nos enfrentamos a un capÃtulo que roza la ridiculez absoluta, pero que se infiltra en las escuelas y hogares con una pátina de "diversidad" que desarma cualquier intento de corrección lógica.
El desafÃo de ser padres en este siglo se ha vuelto una carrera de obstáculos dialécticos. ¿Cómo explicar a un hijo que la realidad biológica no es una opción de menú? ¿Cómo sostener la autoridad de la verdad frente a la tiranÃa del sentimiento subjetivo? La presión social nos empuja a un debate donde parece prohibido discriminar lo normal de lo anormal, e incluso de aquello que, por su carácter regresivo, cae en la categorÃa de lo subnormal.
El fenómeno therian propone una deshumanización voluntaria. Al validar que un niño puede "sentirse" un lobo o un gato y actuar como tal en entornos sociales, estamos rompiendo el contrato básico de la convivencia racional. Estamos permitiendo que la fantasÃa infantil, necesaria en el juego, pero peligrosa en la identidad, se convierta en el eje rector de la personalidad.
Esta crisis no es orgánica, es el resultado de un vacÃo de sentido. Ante la falta de propósitos trascendentes, los jóvenes buscan refugio en identidades colectivas cada vez más fragmentadas y absurdas. La sociedad, en lugar de ofrecer contención y guÃa, aplaude el extravÃo por temor a ser etiquetada como "intolerante".
Frente a este panorama, muchos padres nos preguntamos si aún existe una salida o si estamos condenados a ver cómo la estructura mental de las próximas generaciones se disuelve en el caos. Quiero pensar que la salida existe, pero exige valentÃa y claridad moral. No se trata de odio, sino de amor por la verdad.
Un camino posible es la insistencia en los Valores Humanos, si, debemos volver a enseñar que ser humano es un privilegio y una responsabilidad que requiere el ejercicio de la voluntad sobre el instinto.
Y por supuesto como no resaltar que el núcleo familiar debe recuperar su rol de primera y esencial fuente del valores formativos de la personalidad. No podemos delegar esa formación en el criterio de algoritmos o modas digitales que desprecian la naturaleza humana.
Es imperativo restablecer la jerarquÃa de la normalidad. Lo normal es lo que nos permite funcionar, crecer y convivir en una sociedad de seres racionales. Todo lo que se aleje de esa base debe ser tratado como lo que es: una conducta ajena a la salud del tejido social.
El fenómeno de los therians es solo la punta del iceberg de una civilización que ha decidido jugar con fuego al cuestionar sus propios cimientos. La tarea del siglo XXI no es inventar nuevas identidades, sino preservar la identidad humana, en su diversidad. Solo asà podremos asegurar que nuestros hijos crezcan en un mundo donde un ser humano sea, con orgullo y sin confusiones, un ser humano.
