Hay una conversación que la Argentina necesita darse con honestidad y que durante demasiado tiempo fue postergada por comodidad, cálculo o miedo. Es la conversación sobre qué hacer con el peronismo: no para eliminarlo ni para reducirlo, sino para liberarlo de sí mismo.
Perón fue un indiscutido estadista, tanto para sus adherentes como para sus detractores. Como todo estadista, su lugar es la historia, y la historia merece respeto. Pero el respeto no consiste en invocar su nombre cada vez que alguien necesita una garantía de legitimidad. Consiste, precisamente, en lo contrario: en dejarlo descansar. En dejar de usar su figura como comodín de la dirigencia, como paraguas bajo el cual caben todas las contradicciones y se justifican todas las derrotas. Perón ya dio lo que tenía que dar. Seguir exprimiéndolo es, a esta altura, una forma de deslealtad hacia su propio legado. El problema nunca fue Perón. El problema es el peronismo que no supo crecer sin él.
Hay una diferencia que no es semántica. El peronismo, tal como se practica desde el 1 de julio de 1974, es un ejercicio de identidad tribal: se pertenece o no se pertenece, se está adentro o afuera, y la pertenencia se mide en lealtades personales, en gestos simbólicos, en la capacidad de evocar con emoción un discurso de hace setenta años. El Justicialismo, en cambio, fue siempre una doctrina con pretensión programática: justicia social, soberanía política, independencia económica. Conceptos que no caducaron, pero que necesitan traducción urgente al siglo XXI.
Un Justicialismo del siglo XXI no puede seguir mirando por el espejo retrovisor. No puede edificar su identidad sobre la nostalgia de un modelo de industrialización sustitutiva que el mundo enterró hace décadas. No puede presentarse como alternativa de gobierno si su propuesta económica es, en el fondo, la misma que produjo los ciclos de inflación, deuda y ajuste que tanto denuncia. Un Justicialismo moderno debe insertarse en el mundo tal como es, con sus cadenas de valor globales, sus mercados de capitales, sus exigencias de previsibilidad institucional, y construir desde ahí una propuesta que defienda a los que menos tienen sin destruir las condiciones para que haya riqueza que distribuir. El peronismo en ese devenir en justicialismo debe volver al centro, a representar a la “clase media” que siempre fue su sustento real o aspiracional.
Esa es la transición que está pendiente: de movimiento identitario (Peronismo) a fuerza programática (Justicialismo). De religión cívica a partido político adulto.
El Justicialismo enfrenta hoy otro problema medular: un vacío de liderazgos que sería irresponsable ignorar. No tiene liderazgos naturales que conciten adhesión genuina más allá de sus propias fronteras, y tampoco tiene, por ahora, la madurez interna para aceptar una conducción impuesta a dedo sin que esa imposición se convierta en fuente de conflicto permanente. La historia reciente lo demuestra con claridad: cada vez que alguien intentó ungir un líder desde arriba, el resultado fue la fragmentación, el resentimiento y la parálisis.
Las PASO no son un lujo democrático ni una formalidad institucional. Son, para el Justicialismo de hoy, una necesidad política real. El espacio necesita definir sus liderazgos a través de la competencia interna, no de la negociación de cúpulas. Necesita saber quién es capaz de convencer a los propios antes de pretender convencer al resto.
El espacio de centro que hoy se está articulando en la Argentina y tiene un nombre todavía en construcción, tiene ya actores concretos y, lo que es más importante, tiene una oportunidad cada vez más real ante los desatinos del gobierno nacional que ignora la microeconomía, el bolsillo de la gente. La confluencia impulsada por figuras como Carlos Kikuchi, Miguel Ángel Picheto y Emilio Monzó ha sumado ya un núcleo de ese Justicialismo renovado que representan Guillermo Mitchels y Juan Manuel Olmos. Y se esperan muchos más: intendentes de todo el país que gobiernan municipios, que resuelven problemas cotidianos, que saben administrar con los recursos que hay, y que entienden con claridad que el pasado es pasado. Son los casos de, por ejemplo, Gustavo Menendez (Merlo) y Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas).
Pero para que ese espacio sea algo más que una foto electoral, necesita sustancia programática. No puede ser solo un acuerdo de convivencia entre voluntades dispersas. Tiene que ser un compromiso con ideas concretas, verificables, que den señales claras a la sociedad.
Esas ideas existen y no son revolucionarias: son, en buena medida, las condiciones mínimas que cualquier economía necesita para funcionar. Déficit fiscal cero como punto de partida irrenunciable, porque no hay política social sostenible sobre un Estado que gasta lo que no tiene. Inflación en baja como objetivo permanente, porque la inflación es el impuesto más regresivo que existe y destruye primero a los más vulnerables. Reemplazo del Estado parasitario por un Estado eficiente: no el desguace ideológico del Estado como fin en sí mismo, sino la eliminación quirúrgica de todo aquello que consume recursos sin producir servicios reales, y su reemplazo por capacidad institucional genuina. Una reforma impositiva amplia que deje de castigar a la clase media, que siempre financia con su esfuerzo un sistema que no la protege ni la recompensa. Y un compromiso claro, sin ambigüedades, con el respeto de los compromisos de deuda externa, porque la credibilidad no se recupera con discursos sino con conductas sostenidas en el tiempo.
La Argentina necesita volver al centro, pero no al centro como lugar tibio donde se evitan las definiciones, sino al centro como espacio de responsabilidad política: donde se reconoce la complejidad, se rechaza el voluntarismo, se acepta que gobernar implica límites, y se construyen acuerdos que permitan avanzar aunque no todo sea perfecto.
La Argentina estuvo demasiado tiempo oscilando entre extremos que se alimentan mutuamente, cada uno justificando sus propios excesos con los del adversario. El resultado está a la vista. El camino de salida no pasa por un nuevo extremo: pasa por la reconstrucción paciente de un centro político con ideas claras, con vocación de mayoría y con la honestidad de decirle a la sociedad lo que necesita escuchar, no solo lo que quiere oír.
Para eso, el Justicialismo es indispensable. Pero tiene que ser el Justicialismo que todavía no existe del todo: el que dejó atrás la épica y abrazó la responsabilidad. El que mira hacia adelante. El que sabe que honrar a Perón, hoy, significa, sobre todo, no necesitarlo más.
