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El modelo educativo que iba a preparar a nuestros hijos para el futuro no anticipó el futuro que ya llegó.

El modelo educativo que iba a preparar a nuestros hijos para el futuro no anticipó el futuro que ya llegó.

[Por Federica Bompani]

Hubo un momento, no tan lejano, en que la promesa era clara: pizarrones blancos en lugar de negros, tablets en lugar de libros, inglés desde sala de tres, pensamiento lateral, aprendizaje por proyectos, aulas invertidas. El colegio bilingüe con certificación internacional era el pasaporte garantizado hacia un mundo globalizado y competitivo. Pagábamos las cuotas con convicción. Creíamos que el futuro de nuestros hijos estaba ahí.
Esa creencia quizás caducó. Y lo más incómodo no es que haya caducado: es que todavía no la reemplazó nada sólido.
La primera gran ilusión que se rompió fue la de la tecnología en el aula como acelerador cognitivo. La evidencia acumulada en los últimos años apunta en una dirección que incomoda a quienes invirtieron fortunas en infraestructura digital educativa: las pantallas, lejos de potenciar las capacidades cognitivas de los niños, las han erosionado en aspectos fundamentales.
La atención sostenida se acortó. La tolerancia a la lectura profunda disminuyó. La capacidad de aburrirse —que es, paradójicamente, uno de los motores más potentes de la creatividad y el pensamiento autónomo— fue sistemáticamente eliminada por un dispositivo que siempre tiene algo más para ofrecer. Varios países europeos, con Suecia a la cabeza, ya están revirtiendo el proceso: volviendo al libro físico, recuperando el cuaderno, reduciendo la exposición a pantallas en los primeros años de escolaridad.
El segundo problema es más profundo y más difícil de corregir. La pedagogía dominante de las últimas dos décadas priorizó la resolución de problemas sobre la comprensión de fenómenos. Se enseñó a buscar la respuesta correcta más que a entender por qué esa respuesta es correcta. Se premió la eficiencia sobre el razonamiento. Se evaluó el producto y se ignoró el proceso.
El resultado es una generación que sabe “preguntarle a la IA” pero no sabe qué hacer con lo que encuentra. Que puede seguir instrucciones, pero se paraliza cuando las instrucciones no están. Que aprendió técnicas sin aprender a pensar, y que ahora enfrenta un mundo que le exige exactamente lo contrario: criterio, juicio, capacidad de navegar la incertidumbre.
La enseñanza tradicional de materias —geografía, ciencias naturales, matemática básica— fue vaciada de sentido en nombre de la modernización, sin que nadie terminara de explicar qué la reemplazaba. Y ahora esos contenidos que parecían prescindibles resultan ser la base sobre la que se construye cualquier capacidad de comprensión del mundo real.
Pero hay un tercer factor que volvió todo más urgente y más complicado: la irrupción de la IA (inteligencia artificial) como herramienta cotidiana y universal cambió radicalmente la pregunta que la educación debe responder.
Ya no alcanza con saber sumar, restar, ubicar capitales o clasificar animales vertebrados. Tampoco alcanza con hablar inglés como lengua natal. Lo que el mundo empieza a requerir es algo diferente y más complejo: saber relacionarse con la IA. Saber qué preguntarle y cómo interpretarla. Saber cuándo confiar en ella y cuándo desconfiar. Saber qué tareas delegarle y cuáles son, precisamente, las que un humano no puede ni debe delegar.
Eso no se aprende desde ningún currículum vigente. Y mientras los ministerios de educación debaten si autorizar o prohibir el uso de ChatGPT en los exámenes, los chicos ya la usan para todo, sin ningún marco conceptual que les ayude a hacerlo bien.
Si se mira con honestidad lo que la educación necesita lograr hoy, el desafío tiene al menos tres niveles que deben construirse en simultáneo, y que ningún modelo vigente aborda de manera integrada.
El primero es la subsistencia: preparar a los niños para un mundo laboral y social cada vez más volátil, donde las certezas de carrera y trayectoria que tuvieron sus padres ya no existen. Eso requiere resiliencia, adaptabilidad y tolerancia a la frustración, no como valores abstractos sino como capacidades concretas que se entrenan.
El segundo es la comprensión: entender el mundo interdependiente en que vivimos, donde una decisión de política monetaria en Washington afecta el precio del pan en Buenos Aires, donde un virus en un mercado de Wuhan paraliza el planeta, donde los algoritmos de unas pocas empresas moldean la opinión pública de miles de millones. Ese mundo no se entiende sin historia, sin geografía, sin ciencias, sin filosofía. Las materias que se vaciaron.
El tercero es el crecimiento: no solo sobrevivir y entender, sino encontrar un lugar propio y significativo en esa complejidad. Desarrollar una identidad intelectual, una curiosidad auténtica, una capacidad de crear valor que vaya más allá de lo que cualquier máquina pueda automatizar.
Son esos tres niveles que ningún colegio, por más cuotas que cobre, los está construyendo y quizás ni pensando.
Y entonces llegamos a la pregunta incómoda que muchos padres nos hacemos en voz baja: si el modelo del colegio bilingüe con certificación internacional ya caducó, ¿qué hacemos mientras esperamos que aparezca algo mejor?
La respuesta honesta es que nos toca compensar en casa lo que la institución no alcanza a dar. No con más clases particulares ni con más actividades extracurriculares, sino con algo más difícil y más valioso: la conversación. Preguntas al estilo Socrático.
Exigirles a nuestros hijos que piensen más de lo que estudien. Que no se angustien por una mala calificación —que mide muchas veces lo menos importante— pero sí se inquieten genuinamente cuando no entienden una consigna, cuando no pueden explicar con sus propias palabras lo que leyeron, cuando repiten sin comprender. Enseñarles que la excelencia no es un número en una libreta sino la capacidad de encontrar las herramientas necesarias para superar un obstáculo que nunca habían visto antes.
Eso no lo enseña ninguna app. No lo certifica ningún examen internacional. Lo construye la experiencia de enfrentarse a algo difícil, no tener la respuesta inmediata, y seguir adelante de todos modos.
La educación del siglo XXI que nos vendieron y compramos llegó tarde y murió antes de tiempo. La que viene todavía no tiene nombre ni modelo ni manual de implementación. En ese interregno, la tarea más urgente no es encontrar el colegio correcto, es criar hijos que sepan pensar cuando el colegio no lo hace.

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