Hay una escena que se repite semana a semana: el Presidente sube a un escenario, a una red social o a un móvil de TV y en lugar de explicar una decisión, insulta a quien la cuestiona. Ya no sorprende. Lo que sí debería preocuparnos es lo que esa escena revela: un presidente disociado de la realidad, peleado no con la oposición, no con "la casta", sino con la realidad misma.
Lo que se votó en 2023.
La amplia mayoría que acompañó a Javier Milei en 2023 no lo hizo por sus formas inusuales, sus gritos o sus insultos. Lo acompañó a pesar de eso. Esas formas eran, en todo caso, el síntoma visible de un hartazgo real y legítimo: años de un Estado que gastaba lo que no tenía, de una casta política que se cuidaba a sí misma antes que a los ciudadanos, de promesas incumplidas de gobierno en gobierno. El batacazo de Milei fue, ante todo, un voto castigo, un grito de "basta" dirigido a una dirigencia que había dejado de escuchar.
Ese capítulo ya cerró hace bastante y el desafío de gobernar es mucho más trascendente y es ahí donde la disociación se hace evidente.
La historia inglesa ofrece un caso real que ilumina bastante bien el contexto actual del gobierno Milei.
Enrique VII, el primer Tudor, pasó sus últimos años de reinado obsesionado con llenar las arcas de la corona: impuso un sistema que obligaba a la nobleza a pagar sumas enormes bajo amenaza de ejecutarlas ante la menor sospecha de deslealtad, al punto de que hacia 1509 dos tercios de la nobleza inglesa estaban atados a esos compromisos financieros con el rey. El mecanismo lo administraba un consejo dirigido por Richard Empson y Edmund Dudley, figuras temidas y odiadas tanto por la nobleza como por el pueblo. La última etapa de aquel reinado quedó marcada por una avaricia financiera que rozó los límites de la legalidad. Enrique VII murió convencido de dejar un reino sólido porque el tesoro estaba lleno. Lo que en realidad dejaba era el desajuste entre los números de la corona y el humor del país que su propio hijo, Enrique VIII, apenas asumió hizo ejecutar a Empson y Dudley para descomprimir el resentimiento acumulado. El número en la caja no le había dicho nada sobre el estado real del reino. Guardando las proporciones, es la misma trampa: gobernar mirando la planilla y no la calle.
Comprender la realidad, esa es la función.
Ningún presidente gobierna para tener razón en una discusión de Twitter. Gobierna para leer la realidad en todas sus dimensiones y tomar decisiones que le den previsibilidad al empresario que arriesga su capital e invierte, tranquilidad al trabajador que pone su tiempo, sus capacidades y su conocimiento al servicio de ese empresario y certeza al emprendedor que todos los días evalúa oportunidades y riesgos para subsistir y/o progresar. Esa es la función del oficio de gobernar.
Un presidente, además, lidera un equipo y se convierte, quiera o no, en el ejemplo visible de toda una sociedad. Cuando ese ejemplo es el insulto permanente, el desprecio por el que piensa distinto, la descalificación como método, lo que se filtra hacia abajo es exactamente eso: la agresión como forma de vida.
Los argentinos no queremos más un presidente que se la pase insultando a todos. Nunca lo quisimos, en realidad lo tolerábamos como parte del “combo de 2023” porque necesitábamos que alguien rompiera el statu quo.
La macro ordena, pero no alcanza.
Bajar la inflación y ordenar las cuentas públicas son logros importantes. Nadie de buena fe puede negarlos ni restarles valor ya que son condición necesaria para cualquier proyecto de desarrollo sustentable. Y esa condición es necesaria, pero no suficiente. La macro ordena el escenario pero es la micro la que define si un ciudadano vive mejor o peor. Es la micro la que decide si el comerciante de barrio puede sostener su local, si la familia llega a fin de mes, si el que estudia y trabaja ve algún horizonte de movilidad ascendente. Ahí es donde el Gobierno parece no entender nada: se conforma con los números grandes y desatiende la vida concreta de la gente, que es, al final, la única vara con la que se mide un gobierno.
Qué le toca a la oposición.
Frente a esto, la respuesta no puede ser responder con gritos a los gritos, con insultos a los insultos ni tampoco con intentar rescatar logros aislados basados en una nostalgia por lo que ya fracasó.
A la oposición le toca aplicar el sentido común. Le toca construir un plan de gobierno serio, con etapas de corto, mediano y largo plazo, que no dependa de la próxima ocurrencia presidencial, ni del humor de los mercados, ni de liderazgos mesiánicos.
Son tres los ejes sobre los que debería construirse una alternativa de cara a 2027: Previsibilidad, ordenamiento macroeconómico y sentido de realidad.
No hace falta reinventar la rueda ni prometer un paraíso. Administrar bien, con las cuentas en orden sin perder de vista que detrás de cada indicador hay una persona, sobra.
¿Quiénes van a liderar ese eventual cambio? No los que griten más fuerte ni los que prometan más rápido. Los que entiendan estos conceptos. Los que sepan que gobernar es, antes que nada, un ejercicio de realismo no mágico, sino practico.
